De hordas de turistas a actividad paranormal, esto es lo que hay detrás de la flor más característica del altar del Día de Muertos.

Este artículo forma parte de la serie Vivo de los muertos, cocreada con cerveza Indio, en la que exploramos historias de gente que se gana la vida gracias a la muerte.

Jesús Alejandro camina entre los sembradíos de cempasúchil al pie de la pirámide de San Andrés Cholula, Puebla, arrancando una florecita aquí y otra allá. Mientras camina, me instruye en las monsergas de sembrar cempasúchil para venderlo en la temporada de Día de Muertos. “La gente no entiende que se queden allá, en la orilla”, dice. “A fuerza se quieren meter hasta acá a tomarse fotos. Y pa’ colmo arrancan las flores…”, remata mientras uno de esos visitantes se coloca coquetamente, a unos metros de nosotros, una flor gigante de cempasúchil detrás de la oreja al tiempo que ensaya sus poses para la cámara.

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Mientras Jesús continúa su diatriba, y como para darle la razón, un grupo de tres o cuatro turistas, decididamente citadinos, se pasean a unos metros de nosotros entre las flores. Avanzan con convicción de tractocamión: caminan de a dos entre el diminuto pasillo de tierra donde nomás debería caber uno, desprenden flores a sus anchas, se toman selfies con el piquito parado con la milenaria pirámide de Cholula como trasfondo.

Justo pensando en estos visitantes fue que se sembró el huerto donde estamos: para que esos turistas dejaran en sacrosanta paz los campos enormes de flores que están a unos cientos de metros de ahí y pudieran retozar en un campo más chiquito, donde la cantidad de flores que pueden arruinar se encuentra limitada. La Cooperativa Biocultural Cuetlaxcuapan, de la que forma parte Jesús Alejandro, se ocupa no solo de la siembra de cempasúchil, sino también en crear un poco de consciencia respecto a nuestra relación con la tierra y las antiguas culturas que poblaron México.

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Por ejemplo, Jesús emprende una disertación sobre la etimología de cempasúchil. Comienza deshaciendo la palabra al tiempo que con las manos deshace, casi que para ilustrar el punto, una flor naranja como un atardecer incandescente. “Cempa, es una contracción de cempoatl, que representa al número 20, que representa una totalidad… Y súchil, que viene de xóchitl, que se traduce como flor”. Jesús Alejandro habla de las deficientes traducciones de las lenguas indígenas al español: esas traducciones nos alejan del conocimiento, dice. Así, el significado literal de cempasúchil es “flor de 20 pétalos”, pero su significado real es necesariamente poético, metafórico: para los antiguos pobladores de la zona, el año se dividía en periodos de 20 días, sincronizados con las estaciones del año. La flor de cempasúchil es entonces una flor de los ciclos: una flor del principio y del fin. Una flor de la totalidad.

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Jesús no hizo esto toda su vida. Sus padres no se dedicaron al campo, pero uno de sus tíos sí. Jesús trabajaba reparando artefactos electrónicos: fue cuando su tío enfermó que él decidió abandonar ese trabajo y volver a la tierra. Cuando uno lo ve en los campos, resulta claro que era su destino: siempre dispuesto a explicar los procesos de la tierra y la rotación de cultivos, y definitivamente siempre dispuesto a hablar con cariño de estos campos naranjas. El Día de muertos es importante para la familia de Jesús y para la cooperativa más allá de la siembra y la venta del cempasúchil: son días que se respetan, en el hogar de Jesús, pero también en los cultivos. Se erige una ofrenda en los campos y en sus casas: la de los campos es para los visitantes, que anhelan ver la tradición en ese sitio sagrado, y la de las casas es el altar privado, típico de quienes observan estas fechas. El agricultor ve en el Día de muertos una de las grandes aportaciones de la Conquista española a nuestra cultura: la sincreción de costumbres, tradiciones y deidades; la sagrada reiteración de una fecha y una celebración común no solo a la cultura española y mexicana, sino a un montón más alrededor del mundo. Pareciera que el Día de muertos es parte de una comunión con la tierra misma.

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Tiene sentido esa visión, tan atada a las estaciones del año. No es extraño que un agricultor lo entienda así: para Jesús, la temporada del cempasúchil arranca el 22 de julio, cuando se siembra la flor, en el marco de la fiesta de la Magdalena, y se prolonga hasta el 2 de noviembre, siempre en sintonía con el flujo entre el verano y el otoño. A veces, la cooperativa deja el cultivo unos días más, para captar más fondos de turistas con ganas de tomarse una foto. Una vez que el cempasúchil se va, en esos campos se siembra cebolla, brócoli, lechuga, que sirven para la alimentación de la misma cooperativa y que también terminan en los mercados de la zona, porque ellos prefieren que el fruto de su trabajo se quede aquí, en Cholula y sus inmediaciones, antes que terminar en la Central de abastos. También siembran otras flores: perrito, molito, girasoles y terciopelos. Durante las diferentes etapas del año, estos campos son casi iridiscentes. La venta, afortunadamente, es buena: la flor se consume mucho en esta zona, tan apegada a sus tradiciones desde siempre.

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“Esta tierra es sagrada, o al menos eso nos dijeron”, cuenta el agricultor mientras se da un manazo en la frente para espantarse un mosquito al que claramente no le parece sagrado nada. Jesús Alejandro habla de la energía del lugar: lo que se siente ahí, cuando uno se deja llevar, es incomparable. Jesús habla de eventos paranormales, también: magnetismo, vibraciones, luces nocturnas que se enredan girando hacia el cielo estrellado. ¿Por qué no creerle? Cosas más raras han pasado en este mundo, y unas lucecitas definitivamente no se cuentan entre ellas.

“Los antiguos dicen que en 2012 comenzó una revolución de las mentes”, dice Jesús, convencido de que el amor por la tierra y lo orgánico, por el ambientalismo y la conservación de la naturaleza, tan necesariamente a la alza en los últimos años, forman parte de esta revolución intelectual. “Todavía falta que se sume mucha gente”, afirma, mientras ve con ojos afilados a los turistas que se marchan agitando los ramos de flores de cempasúchil que arrancaron. “Pero poco a poco”, termina, optimista. Ahí, en los campos naranjas de Cholula, con la pirámide vigilándonos, uno se siente tentado a darle la razón.

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Vía vice

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