Nueva York es una ciudad de animales en libertad.

Dicho en el sentido literal y sin que ­nadie se ofenda. La vida animal en su significado estricto, y trascendiendo a los ­perros, los verdaderos reyes del mambo, disfruta de una gran presencia en la Gran Manzana.

Puede parecer una aberración si se piensa en todo esos mitos de la jungla de asfalto, de hormigón, de los rascacielos y el vidrio.

Junto a todo ese lujo de apartamentos súper caros convive una de las mayores poblaciones de ratas de cloaca, que no encarnan precisamente el glamour. Algunas han alcanzado fama internacional al ser retratadas con un trozo de pizza en la escalera del metro o entrando en un coche, ya en la superficie, como Pedro por su casa.

No faltan las ardillas o los mapaches. Ni las cucarachas, incluso en los pisos de lujo, que dan ocupación a las tropas de “exterminadores”. Hay edificios que tienen asignado un día de la semana para estos operarios.

A pesar de eso, de ser una jungla del asfalto, la ciudad, sobre todo su tesoro de Central Park, convoca a los admiradores de las aves, ya que ese gran jardín es uno de los mejores puntos de observación en las temporadas de migración. Luego están los que se cuidan de que la población de halcones no sufra ataques o los que salen en busca de águilas calvas. Incluso se organizan para hacer avistamientos de ballenas.

Estos días, las patrullas policiales de Central Park han emitido una alerta. Hay un coyote en Central Park y cada semana irán avisando de si se le ve y dónde.

Dicen que hay uno pero podrían ser más. No se ha concretado el número de ejemplares. Pero se habla del coyote para concretar.

Los agentes han establecido esa comunicación con los ciudadanos a través de su cuenta de Twitter. “Dado que se han visto coyotes en Central Park, por favor, no los alimente. Mírelos y aprécielos desde la distancia”, avisaron.

Se les ha detectado en varias ocasiones en diferentes localizaciones –al menos 35 veces–, “incluido el castillo Belvedere”, una de las atracciones más frecuentadas de ese pulmón verde y de recreo.

La policía también requirió que se preste atención al caminar y que se brinde “protección a las mascotas”, que son más que apetecibles para esta especie de cánido nativo de Norteamérica poco acostumbrado a residir entre cuatro paredes.

“Si un coyote se te acerca, estira los brazos al máximo para dar la apariencia de que eres más grande y haz el mayor ruido posible”, se aconsejó en ese primer tuit.

“Ver a un coyote por primera vez puede ser una experiencia emocionante o alarmante”, recalca la página web de los parques de la ciudad. “Si lo ves, no te asustes. La mayoría de los coyotes no son peligrosos para la gente. A nivel nacional, sólo se reportan un puñado de casos de mordeduras de este animal”, añade.

Los expertos recuerdan que estos cánidos acostumbran a ser nocturnos y evitan el contacto con los humanos. Remarcan que coexistir con ellos es fácil. Un buen consejo, además de no alimentarlos: recoger bien la basura. Un estudio del departamento de ciencias medioambientales de la Pace University constató que muy pocos ciudadanos tenía conocimiento de que los coyotes estaban en los parques cercanos a su casa. Sin embargo, muy pocos de los encuestados respondieron que lo mejor que se podía hacer al verlos era “echar a correr gritando”, según la autora Brielle Manzolillo.

“La presencia del coyote rompe la falsa narrativa de que Nueva York no está conectada con la naturaleza”, asegura Greg, vecino del Upper West Side, residente cercano del Great Lawn, otro punto de Central Park en el que también se ha ubicado al coyote.

La visión de este animal no es algo raro en la Gran Manzana. Sí lo es el aumento de veces que se le ha visto, lo que apunta a un crecimiento de la población. Así, Greg recuerda que en el 2006 uno de los ejemplares logró la fama. La ciudad le conoció como Hal, nombre que le pusieron los trabajadores de parques, y rondaba por Central Park. Su obituario se publicó en los medios. Expertos del departamento de Conservación del estado le dieron caza y cuando le estaban poniendo una placa de control para dejarlo en libertad en una zona salvaje, Hal murió. Todo apunta a que el corazón se le paró por el estrés de la persecución.

Hoy, el coyote aún no tiene nombre.

Fuente: La Vanguardia

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